noviembre 28, 2011

Botes de basura


 I.
Los botes de basura son bolsillos de un pantalón al que nadie esculca.

Álbumes de una vida que se escapa, archivero de aquello que convertimos en porquería.

Milicianos a la antigua, los botes donde vaciamos nuestra basura no preguntan nada, acatan las jerarquías y, aún derrotados, no rompen filas.

Indefensos, llegan al nuevo día para ser vaciados sin respeto, sin –cuando menos– un oficio sellado que agradezca su buena labor.

Porque a la larga… los botes de basura aceptan regalos de día de reyes, mascotas muertas, vestidos... aquello que alguna vez quisimos.

II.
—Y te lo advierto… como seguro lo hizo tu madre, asqueada, cuando te vio hacerlo de niño:

—No metas las manos a la basura. ¡No seas sucio!

Pero no te dijo que en los botes los niños vomitan la leche y se orinan.

En cambio, en ti hay una fe ciega de que mañana estarás libre de culpa, de suciedad en las manos.


III.
Los botes de basura son espejos que reflejan un futuro adelantado.

Santuarios de lo ya ido, de lo útil antaño, de lo que se atesoraba y ahora es miasma o desperdicio, los botes de basura tienen hambre y paciencia.

(Bajo el escritorio o fuera del edifico, en la cocina, la boca enternecida del bote de basura se maquilla durante la jornada.)

Y no creerán que hay que salvar al mundo o al futuro, pero los botes de basura ahí están con su cara manchada y con fe en su interior.

Ahí están. No faltan porque son necesarios y en algún momento todos tenemos algo que ocultar, algo que ya estorba.

(De la serie aparecida en Twitter el 5 de enero de 2011)
Israel R. © 

noviembre 19, 2011

Sólo una vez, una sola, se escribe por vez primera, una sola primera vez, una...


Pablo Picasso © (1957) Óleo sobre lienzo. Museo Picasso, Barcelona.

De otro fue la palabra antes que mía, escribió el poeta mexicano Jorge Cuesta en uno de sus sonetos, y tal verso es la divisa de este blog. Aquí el poema completo en una de las versiones que se conocen.
De otro fue la palabra, antes que mía,
que es el espejo de esta sombra y siente
el ruido, a este silencio, transparente;
la realidad, a esta fantasía.
Siento en la boca su substancia fría,
dura, enemiga de la voz y ausente;
poseída por otra diferente,
no estar, para esta sed, sino vacía.
Y aun esta sed que soy, obscura y vaga,
crece tras la otra sed, que no se apaga.
De avidez la avidez nutre su sombra
al hallarla en el ruido que la nombra
y en el oído oye crecer su hueco,
a sí mismo cavándose en el eco.