I.
Los botes de basura son bolsillos de un pantalón al que nadie esculca.
Álbumes de una vida que se escapa, archivero de aquello que convertimos en porquería.
Milicianos a la antigua, los botes donde vaciamos nuestra basura no preguntan nada, acatan las jerarquías y, aún derrotados, no rompen filas.
Indefensos, llegan al nuevo día para ser vaciados sin respeto, sin –cuando menos– un oficio sellado que agradezca su buena labor.
Porque a la larga… los botes de basura aceptan regalos de día de reyes, mascotas muertas, vestidos... aquello que alguna vez quisimos.
II.
—Y te lo advierto… como seguro lo hizo tu madre, asqueada, cuando te vio hacerlo de niño:
—No metas las manos a la basura. ¡No seas sucio!
Pero no te dijo que en los botes los niños vomitan la leche y se orinan.
En cambio, en ti hay una fe ciega de que mañana estarás libre de culpa, de suciedad en las manos.
III.
Los botes de basura son espejos que reflejan un futuro adelantado.
Santuarios de lo ya ido, de lo útil antaño, de lo que se atesoraba y ahora es miasma o desperdicio, los botes de basura tienen hambre y paciencia.
(Bajo el escritorio o fuera del edifico, en la cocina, la boca enternecida del bote de basura se maquilla durante la jornada.)
Y no creerán que hay que salvar al mundo o al futuro, pero los botes de basura ahí están con su cara manchada y con fe en su interior.
Ahí están. No faltan porque son necesarios y en algún momento todos tenemos algo que ocultar, algo que ya estorba.
(De la serie aparecida en Twitter el 5 de enero de 2011)
Israel R. ©